martes, mayo 12, 2026

ZOOLÓGICO DE CONCRETO DE ; ESCULTOR ALBERTO PÉREZ SORIA. 1

 

Para quienes crecieron en México entre los setenta y los noventa, antes de que el plástico y el caucho invadieran los parques, el juego sucedía sobre jirafas de cuellos infinitos, hipopótamos de boca abierta y tortugas que servían de refugio. Eran estructuras hechas para ser escaladas y habitadas, aunque durante décadas casi nadie se detuvo a preguntar por su origen.
Detrás de este zoológico de piedra estaba el escultor Alberto Pérez Soria. A finales de los sesenta, su intención iba más allá de lo decorativo; buscaba que la escultura moderna se fundiera con el espacio público. No diseñó objetos para ser observados, sino piezas pensadas desde el cuerpo del niño, calculando la altura de un escalón o el ángulo de un tobogán en un material capaz de soportarlo todo.
La replicación masiva terminó por diluir la autoría. El Estado encontró en estas figuras una solución económica para urbanizar los barrios, por lo que las instituciones empezaron a reproducirlas y modificarlas sin control. Las formas se multiplicaron por el país mientras el vínculo con su creador se perdía en la burocracia.
Este fenómeno expone una práctica recurrente en el diseño urbano de aquel periodo, donde la apropiación de proyectos individuales ocurría sin un marco claro de derechos. Las piezas se volvieron parte del paisaje, como si hubieran nacido del suelo mismo.
Al final permaneció la obra, pero se borró el nombre. El sistema absorbió la forma y convirtió un proyecto de vanguardia en mobiliario anónimo que hoy sobrevive bajo capas de pintura brillante en parques de distintas ciudades.
Esos animales funcionan como la memoria material de una forma de jugar y como rastro de una autoría que casi nadie puede nombrar.





No hay comentarios.: