Soñé que iba a esa playa que tanto me gusta en
Acapulco, la playa Majahua.
Caminaba descalza sobre la arena tibia. Al fondo, sobre el mar, el sol bajaba
sin prisa, coloreando las pocas nubes que se deslizaban con el viento. Tonos
rosas, lilas y dorados se extendían por doquier. La montaña se iluminaba con
destellos dorados, a punto de apagarse.
Me senté un momento para apreciar el paisaje y
respirar el aire aún tibio.
Las olas iban desapareciendo poco a poco y el mar comenzaba a parecer un lago.
De pronto, lo escuché con claridad en el
corazón:
el mar susurraba: ven… ven.
Me levanté sin prisa. Mis pies fueron los
primeros en sentir el agua tibia, esa que todo lo calma. Bajo sus aguas
cristalinas pude ver peces de colores. Seguí adentrándome hasta que el mar me
cubrió por completo. Con sorpresa, sentí que podía respirar bajo el agua y
continué caminando.
En el camino vimos tortugas marinas que me
saludaban con una inclinación de la cabeza. Ballenas nadaban en formación,
cantando una melodía profunda, casi triste, que hacía que mi corazón latiera a
su mismo ritmo. Sobre mí volaban mantarrayas de colores, con su peculiar
sonrisa.
Los últimos rayos de sol atravesaban el agua,
formando cortinas luminosas que se movían al compás de la marea.
Cuando el último rayo tocó el mar, comenzaron
a aparecer peces con luz propia, iluminándolo todo como un gran salón de baile.
En un claro, desmonté. El agua me rodeó en un remolino tibio y me hizo girar
como en un baile lento. Sentí una mano cálida en la espalda, guiándome en ese
movimiento suave.
A nuestro alrededor había toda clase de vida
marina: erizos, estrellas de mar, peces de colores. Las últimas ballenas
cruzaban cerca de la superficie.
Y entonces… desperté.
Sin sobresaltos.
Y el día comenzó.
Por: Lucía Marín.
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