sábado, enero 03, 2026

SUEÑO MARINO... SIN REMITENTE

 


Soñé que iba a esa playa que tanto me gusta en Acapulco, la playa Majahua.
Caminaba descalza sobre la arena tibia. Al fondo, sobre el mar, el sol bajaba sin prisa, coloreando las pocas nubes que se deslizaban con el viento. Tonos rosas, lilas y dorados se extendían por doquier. La montaña se iluminaba con destellos dorados, a punto de apagarse.

Me senté un momento para apreciar el paisaje y respirar el aire aún tibio.
Las olas iban desapareciendo poco a poco y el mar comenzaba a parecer un lago.

De pronto, lo escuché con claridad en el corazón:
el mar susurraba: ven… ven.

Me levanté sin prisa. Mis pies fueron los primeros en sentir el agua tibia, esa que todo lo calma. Bajo sus aguas cristalinas pude ver peces de colores. Seguí adentrándome hasta que el mar me cubrió por completo. Con sorpresa, sentí que podía respirar bajo el agua y continué caminando.


Más adelante apareció un caballito de mar color turquesa, con destellos rosa metálico. Con un leve gesto de su cabeza me invitó a subir a su espalda. Cuando lo hice, avanzó primero despacio y luego fue tomando velocidad.

En el camino vimos tortugas marinas que me saludaban con una inclinación de la cabeza. Ballenas nadaban en formación, cantando una melodía profunda, casi triste, que hacía que mi corazón latiera a su mismo ritmo. Sobre mí volaban mantarrayas de colores, con su peculiar sonrisa.

Los últimos rayos de sol atravesaban el agua, formando cortinas luminosas que se movían al compás de la marea.

Cuando el último rayo tocó el mar, comenzaron a aparecer peces con luz propia, iluminándolo todo como un gran salón de baile. En un claro, desmonté. El agua me rodeó en un remolino tibio y me hizo girar como en un baile lento. Sentí una mano cálida en la espalda, guiándome en ese movimiento suave.

A nuestro alrededor había toda clase de vida marina: erizos, estrellas de mar, peces de colores. Las últimas ballenas cruzaban cerca de la superficie.


Todo era perfecto.

Y entonces… desperté.
Sin sobresaltos.
Y el día comenzó.

Por: Lucía Marín.